Cuando llegué a la nueva casa me dije que había llegado el momento de decorarla un poco: “esta sí”, pensé. Llevo ya unas cuantas casas del alquiler y nunca he sido aficionado a decorarlas. Por un lado, no me gusta el abigarramiento decorativo, por llamarlo así. Fueron demasiados años viviendo en casa de mis padres, donde no había espacio que no fuera cubierto por una foto, un pañito, o una figurita. Cuando me independicé lo tenía claro con la decoración de mis casas: todo lo contrario a la casa de mis padres…

Pero tantas paredes blancas también cansa un poco, ¿no? Así es que pensé en acudir a una de mis aficiones: el arte. Y entonces busqué una tienda en la ciudad muy famosa porque venden muchas láminas de arte. Dicen que allí encuentras siempre lo que buscas. Todo entusiasmado me dirigí a la tienda.

Pocas veces en mi vida he tenido una experiencia tan nefasta en una tienda. Entre lo pequeña que era, la descomunal antipatía del propietario y los elevadísimos precios de sus láminas, cuando salí de la tienda, estuve a punto de volver a entrar para prenderle fuego, metafóricamente hablando…

Nada de láminas, pensé entonces, al menos nada de láminas de esta maldita tienda. Y fue así, caminando cabreado como encontré otra tienda en la misma calle que vendían estores fotográficos. Dicen que cuando se cierra una puerta se abre una ventana, o que no hay mal que por bien no venga. Bueno, pues todo eso sucedió. Entré en la tienda, la chica me atendió estupendamente y me pareció una opción fantástica para decorar algún espacio de mi casa.

El dormitorio es el único lugar de mi casa que tiene cortinas. El resto de ventanas de mi hogar están sin vestir. Aunque tampoco son muy fan de las cortinas ni de los estores, me parecieron una excelente idea para matar dos pájaros de un tiro. En el despacho necesitamos unas cortinas o algo que cubra las ventanas. Los estores fotográficos (con alguna referencia artística para calmar mi deseo) pueden ser una opción práctica y económica. Lo probaré.